Si hay una palabra que define con precisión a la generalidad de nuestros diputados, esa es: egoísmo. Su amor por sí mismos es llanamente escandaloso. Eso de que se deben al pueblo es una farsa descarada, pero la culpa de tener un circo –malo y caro– en vez de una Asamblea es solo nuestra, pues los diputados están donde están gracias al voto que graciosamente les regalamos.
Ahora tendremos que lidiar con las pataletas de varios de ellos porque quieren flexibilizar, a su medida, las reglas del juego electoral. Se trata del hecho de que los votantes solo podrán ejercer el sufragio en 2009 en el lugar de su residencia. Pero algunos diputados prefieren elegirse en comunidades pequeñas –en donde no residen, por cierto– pues se requiere de pocos votos que ellos garantizarán con la consabida movilización de buses repletos de electores con el único propósito de depositar la papeleta que necesitan para extender su vigencia en la carpa.
Es decir, los diputados primero. Y los votantes quedamos siendo solo el carbón que alimenta la hoguera de su desmedido ego.