La justicia –o más bien la falta de ella- sigue siendo el talón de Aquiles de nuestro sistema democrático. Y las pruebas de ello abundan. Cada vez que a la Corte Suprema de Justicia le toca atender algún caso de alto perfil, es fácil predecir cuál será el resultado.
Los expedientes duermen el sueño eterno, y cuando se produce alguna decisión esta pareciera estar más de acuerdo con coyunturas o intereses particulares, antes que estar orientada por un principio de justicia rápida, imparcial y eficaz. La máxima corporación de justicia, en vez de marcar el camino con su ejemplo para el resto del engranaje judicial, lo que hace es guiar a sus subalternos hacia conductas que promueven la impunidad.
¿Qué integridad e independencia se le puede pedir a un corregidor, juez municipal o de circuito si los ejemplos no vienen de arriba? El nuevo presidente de la Corte ha dicho que desea cambiar la imagen de esa entidad. Le deseamos suerte, pero ingenuos somos si pensamos que el problema se soluciona cada dos años con las promesas de los recién estrenados magistrados presidentes.