La crisis que genera el progreso sin planificación se puede palpar en los barrios del centro de la ciudad, donde la explosión urbanística es terriblemente notoria. Los elevados rascacielos no tienen obstáculos para alcanzar las nubes, el problema está en el subsuelo, donde yacen las tuberías y cañerías que se supone deben dar servicio a las enormes moles de acero y concreto. Pero lo que vemos ahora no solo resulta antihigiénico y nauseabundo, sino el vivo retrato de la improvisación.
El sistema de aguas negras empieza a colapsar debido al inescrupuloso afán de construir sin tomar en cuenta el problema del sistema de alcantarillado. Y buena parte de la culpa la tienen que asumir instituciones estatales como el Idaan o el propio Municipio, cuyos funcionarios, aun conscientes de estos problemas, no objetan proyecto alguno. Este cómodo silencio gubernamental tiene que terminar, porque simplemente los residentes de esta ciudad no merecemos vivir en medio de esta repulsiva inmundicia.