La pobreza es una gruesa raíz de la que se desprenden muchos de los problemas que sufre hoy el país. Su alcance abarca la educación, el empleo, la salud, la seguridad. Tan dramática es, que dos de cada diez panameños ni siquiera tienen para cubrir sus necesidades básicas.
Entonces, el gran reto de todo gobernante es lograr que la pobreza desaparezca. Pero en vez de ello, esta administración parece estar empeñada en fortalecerla, pues el programa de subsidios que ejecuta raya en lo absurdo: más de 500 millones de dólares al año.
Estos son tiempos de bonanza, pero el crecimiento económico no es perenne y cuando llegue el momento de enfrentar la dura realidad, los primeros recortes serán en subsidios. Por ello, es ahora con las arcas llenas cuando deben implementarse planes alternos y disminuir las subvenciones para ofrecer verdaderas oportunidades que permitan a los panameños independizarse de estas ayudas que algún día tendrán que terminar. Actuar en dirección contraria, además de ser irresponsable, es prolongar una agonía.