Resulta toda una ironía: La bonanza del país contrasta con el peor momento de nuestra educación. Pese a que el Estado hace importantes inversiones en este renglón, los resultados son desalentadores.
Hemos tenido en promedio un ministro por año, lo que dice mucho de la enorme crisis que hay en el sector. Además de tener planes educativos con 50 años de antigüedad, escasez de equipos y laboratorios; bajo rendimiento de los estudiantes; carencias en materia de tecnología e infraestructura inadecuada, ahora se suma la delincuencia estudiantil en las aulas escolares y en las calles y, por si fuera poco, la ecuación se completa con la pérdida de clases ocasionada por la famosa fibra de vidrio y las huelgas de docentes, padres de familia e, incluso, de alumnos.
En otras palabras, la educación está sumida en un caos con el que no puede ni el gobierno. Y ya no podemos darnos el lujo de seguir desperdiciando centenares de millones al año en una educación que no vale ni el papel en el que se planifica. O hacemos algo ahora o viviremos en la ignorancia perpetua.