El contundente triunfo electoral del senador Barack Obama va más allá de una contienda partidista o de una reacción popular contra las severas circunstancias económicas que azotan a Estados Unidos. Hoy la nación del norte amanece renovada y más cercana a los fundamentos democráticos que la han hecho grande.
La elección de un candidato por sus méritos, sin importar su origen racial, permite finalmente que la sociedad estadounidense pase a los libros de historia la página oscura y dolorosa de la segregación. Como lo pronosticó Ted Kennedy durante la Convención Demócrata, la elección de un negro para la Presidencia, cierra el vergonzoso capítulo del racismo en aquella nación que –hasta ahora– no había alcanzado esconder la contradicción entre los valores que ha postulado y las manchas de la discriminación.
Apenas 40 años atrás, aún era un delito que una mujer blanca se casara con un negro, mientras que la segregación entre ciudadanos de diferentes razas era la norma aceptada por una inmensa mayoría de los estados. Hoy, Estados Unidos amanece con una democracia menos imperfecta.