Danilo Pérez ha alcanzado -en su corta carrera- mucho más de lo que grandes artistas soñarían cosechar en una vida completa. Un majestuoso concierto ayer coronó lo que fue una semana dedicada al cultivo de la música y la fraternidad.
Los niveles de excelencia que el jazzista ha logrado, su virtuosismo y la erudición de sus composiciones serían méritos suficientes para enorgullecer a sus compatriotas.
Pero Danilo Pérez nos ha dado más: su éxito lo ha compartido siempre con los demás panameños, organizando talleres y procurando becas para esos talentos que, de otra forma, habrían quedado perdidos en bares anónimos u olvidados en la pobreza.
Gracias a él, los melómanos disfrutan también, cada año, una selección de luminarias que, sin la convocatoria de Danilo y su fundación, difícilmente acudirían a estos conciertos. Su música, su generosidad y su humildad van de la mano de la gran lección: no basta el talento para alcanzar la excelencia artística. Ni siquiera la improvisación se puede dejar al azar, cuando se pretende llegar a la gloria. La tenacidad, el trabajo arduo y la rigurosa educación musical son imperativos para el triunfo.