Hoy por Hoy 2009/05/21

El proceso de transición ha sido propicio para poner al descubierto las triquiñuelas de las que un gobierno es capaz. La carrera administrativa es un instrumento valioso que debería servir para evitar que personal idóneo sea víctima de los vaivenes de la política. Pero lo que este gobierno ha hecho no tiene nombre: darle ingreso a la planilla de forma permanente a todo el que cumpla con la edad y los estudios es un criterio simplón. ¿Dónde queda el desempeño? ¿Dónde está el sistema de méritos? ¿Dónde queda la eficiencia o la capacidad? Tal parece que el gobierno –en un burdo acto de clientelismo político– le fue ofreciendo a todos sus empleados el ingreso a la carrera administrativa con el turbio afán de garantizar a sus cuadros un trabajo remunerado, incluso en los años en los que no estará en el poder. Con esos trasnochados propósitos es urgente modificar la ley de la carrera, a fin de reclutar y retener solo a los mejores. Pero lo que no se puede hacer es asegurar trabajo a cambio de fidelidad partidista o amiguismo. Manejar un país es un asunto serio, más allá de lo que establece esta ley.

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