Contrario a la opinión de algunos, la mayor tragedia actual de Panamá es la corrupción. Por supuesto que la salud, la educación, la seguridad y el combate a la pobreza son asuntos de suma importancia que hay que atender, pero no nos llamemos a engaño: no habrá la más mínima posibilidad de ganarle la batalla a la pobreza, ni de mejorar el sistema de salud y el educativo, si la corrupción sigue reinando en el país. Cada negociado, cada favor, cada concesión acomodaticia y cada arreglo de recámara le roba enormes recursos al Estado, y a los consumidores.
En vez de servir para atender los problemas vitales de los panameños, este dinero engorda las fortunas mal habidas que abundan con dolorosa impunidad y que exhiben los allegados al poder. Y más triste aún es la criminal perpetuación de la cultura del dolo, como ejemplo para algunos panameños que, al ver que no pasa nada, van imitando a todo nivel los patrones de corrupción. Que quede claro: este país, afortunado en recursos, no cambiará hasta que sean llamados a responder y penen en la cárcel un par de “monos gordos”. Solo entonces, nos enrumbaremos hacia el primer mundo.