Por asombroso que fuera, Panamá mantenía la costumbre tercermundista de que sus museos tenían horarios de oficina. En otras palabras, nadie que llevara una vida normal podría encontrar tiempo de visitarlos. Sumado al hecho de que el estado de nuestros museos es una tragedia imperdonable por la pobreza de sus exhibiciones y la mediocridad de sus instalaciones –salvo honrosas y muy pero muy contadas excepciones–, los museos oficiales se aseguraban de que solo tras un titánico esfuerzo pudiera un panameño común llegar hasta sus puertas.
Mientras que muchos países han descubierto el potencial educativo y turístico de museos interesantes en esplendorosas instalaciones y con deslumbrantes exhibiciones, nosotros languidecemos en paupérrimas edificaciones que apenas sobreviven de las migajas presupuestarias y la mediocridad burocrática. Bienvenido el cambio de actitud del Inac y ojalá, más allá de los horarios, hagamos una alianza nacional por invertir en instalaciones de calidad y colecciones verdaderamente meritorias que deslumbren a jóvenes y adultos con las maravillas que el conocimiento y el arte deparan a quienes tienen la fortuna de admirarlas.