La renuncia de Panamá al Parlamento Centroamericano es una necesidad. Los logros de este organismo –si es que los tiene– son un misterio, no así la gran vida que se han dado algunos de sus diputados que, además, han sido blanco de acusaciones que en nada han beneficiado nuestra imagen internacional. De hecho, la han perjudicado con sus cuestionables actuaciones. Si para algo ha servido el Parlacen, es para cobijar a esos ex gobernantes que no resisten la más mínima investigación.
No bien sus nombres relucen en algún escándalo, nos echan en cara que son intocables por obra y gracia de la inmunidad que va incluida en la membresía de este club de turismo. Experiencia en eso, ya la tenemos. Pero, además, cualquier intento de integración de Centroamérica debe incluir a Costa Rica, país que –sabiamente– no participa de este foro. En tanto, los políticos no pueden pretender que seamos parte del Parlacen, solo para que puedan sufragarse su estilo de vida. Los ciudadanos estamos hartos de que nuestros impuestos se derrochen en el pago de jugosos salarios a estos sinvergüenzas que, encima, no hacen aporte alguno al desarrollo regional y menos al de este país.