Pareciera que para Ernesto Pérez, los panameños somos una especie de tontos prestos a seguirle cuanta fábula se le antoje representar. Las amenazas y los ataques personales -bien aprendidos cuando sirvió a los militares- son su otro recurso para desviar la atención, sabiendo que lo que se discute es su actuación como gobernante. Para el ex presidente, reclamar una investigación profunda contra sus contrincantes políticos es un deber impostergable de los tribunales.
Pero cuando el ex contralor Weeden lo agarró con las manos en la masa, se sacó de la manga la inmunidad del Parlacen para que la dócil Corte Suprema detuviera la investigación. Ahora ha vuelto a ser sorprendido in fraganti, beneficiario directo, junto a su hermano, su yerno y su confidente, de los millones que cada año succionan las tragamonedas del bolsillo de los panameños.
Por mucho menos de lo reportado, varios ex presidentes del continente están en el calabozo. Aunque con demora, el momento de rendir cuentas por la cleptocracia que hábilmente presidió parece haber llegado. Basta ya de más excusas y pretextos: que la justicia siga la ruta del dinero y destape a quienes han utilizado su cargo para enriquecerse vilmente.