El 6 de abril se hundió el borde de un tramo de la Avenida Balboa. Cinco meses después, el peligroso daño que causó el cierre de un paño de tan vital vía y sus aceras, se mantiene. El ingeniero municipal de entonces fue incapaz de dar explicaciones a la comunidad por lo acontecido –y mucho menos exigir responsabilidades–, ya que su propio actuar era parte medular de los lamentables desmadres urbanos que se cometieron en la metrópolis.
Pero tan dañina como la complicidad de los agentes municipales de entonces, es el silencio de los actuales, que tampoco han explicado cómo es posible que al pie de las enormes estructuras existan cálculos tan fallidos que permitan una amenaza pública descomunal para los conductores, peatones y vecinos de esas torres que se erigen en esta ciudad. En aquella ocasión –milagrosamente– no murió nadie. ¿Es preciso aguardar la próxima tragedia para que las autoridades tomen cartas en el asunto? ¿Alguien exigirá a los responsables del derrumbe resarcir a la ciudad por el daño que, cinco meses después, nos sigue afectando y no tiene visos de ser arreglado?