Los niveles de vergüenza producidos por la corrupción del ex mandatario taiwanés han sido tan altos, que la justicia le ha condenado de por vida. Se trata, ni más ni menos, de un castigo ejemplar y un mensaje contundente que el Órgano Judicial de aquel país ha querido enviar a su pueblo y al mundo.
Los chinos se unen así a otros países de Occidente que han convertido en realidad el principio de cero tolerancia a la corrupción y que hacen público escarnio por la traición que sus mandatarios han hecho de la confianza que un pueblo les entregó inocentemente en las urnas para que cuidaran del patrimonio nacional.
En abierto abuso del cargo, los gobernantes terminaron aprovechando para sí, y los suyos, los bienes a ellos encomendados o, como los ex presidentes ticos, favores y contratos indebidos. Resaltar las diferencias con lo que ocurre por nuestro rincón del planeta sería harto redundante, como redundante es recordar que los actos puestos al descubierto en Panamá son incluso más graves que los condenados en la isla de Formosa.