Muy pocos panameños han sido acreedores mayores de la democracia panameña como Guillermo Endara. Luchó por ella desde el primer día que la bota militar la asfixió.
Por su recuperación arriesgó salud, vida y bienes. Cuando la libertad finalmente triunfó, ya en el poder, jamás traicionó los principios por los que un pueblo avasallado le confió su apoyo. Y, en el ocaso de su mandato, presidió unas elecciones legítimas como no se habían conocido en Panamá, entregando sin mezquindad el gobierno a la oposición.
El respeto del presidente Endara por el sistema democrático solo fue superado por un atributo que han desconocido los mandatarios que le sucedieron: la probidad. En una administración ajetreada y difícil sin igual, la integridad y la austeridad iluminaron siempre el Palacio de las Garzas.
Su partida deja una vida plena, un país mejor y un ejemplo a emular. “Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos”, declamó Manrique. “Así que, cuando morimos, descansamos”. ¡Un brindis por su memoria y su legado, presidente Endara!