Cuando el ex presidente taiwanés Chen Shui-bian fue condenado hace unas semanas a cadena perpetua por corrupción y blanqueo de capitales, dijo lo que todo político alega cuando es acusado o condenado por estos delitos: se trata de una persecución política. Tal postura se puede predecir en casi todos ellos.
De hecho, no hay que ir a la China para corroborarlo. El ex presidente costarricense Rafael Ángel Calderón –condenado ayer a cinco años de prisión por peculado– también se ha defendido de las acusaciones en su contra, alegando una supuesta persecución de gente que le quiere hacer daño, especialmente ahora que aspira a dirigir desde la Presidencia los destinos de los costarricenses.
¿Y qué decir de nuestros políticos criollos? Pues lo mismo; son tan predecibles como los otros. Tal parece que tienen eso en común: una carencia total de imaginación, pues sus retorcidas mentes solo son capaces de elaborar conspiraciones con el ánimo de desviar la atención de sus deplorables actos. Sin embargo, la diferencia entre Panamá, Costa Rica y Taiwan es que al menos en estos dos últimos países hay condena para los corruptos.