El señor alcalde de la ciudad de Panamá nos ha informado de su último proyecto: gastarse un millón de dólares de nuestros impuestos en comprar piscinas inflables para llevarlas a varios corregimientos de la capital, incluyendo aquellos donde los residentes se quejan de que ni siquiera cuentan con agua para satisfacer su consumo personal o donde es tan escasa que hay que racionarla.
Tal parece que Bosco Vallarino vive en Macondo, pues es evidente que, con todos los problemas que sufrimos en el Panamá real –falta de estacionamientos, calles intransitables, falta de espacios públicos, desorden urbano y un largo etcétera–, él se ocupe de asuntos tan triviales como cantar Noche de Paz o inflar piscinas. Si bien los jóvenes y niños necesitan esparcimiento, poco logra él dotándoles de piletas para chapotear –si es que el Idaan le proporciona agua allá donde esta es un lujo–.
La superficialidad del alcalde es insólita y ha convertido su gestión en un chiste que, en vez de risa, comienza a provocarnos un agudo dolor de cabeza. Vallarino parece ser incapaz de discernir entre un disparate y la razón. Lo aterrador es que cuando todos creímos que habíamos pisado fondo con la pasada administración, ahora descubrimos que con este alcalde apenas empezamos a hundirnos.