El tema de la movilización automotriz en la ciudad de Panamá deja en evidencia el desgreño, la ineptitud e incapacidad con que han manejado este tema varios gobiernos pasados.
El transporte colectivo y selectivo siempre ha hecho lo que le ha dado la gana: para estos gremios, la ley que los regula tiene la misma importancia que le han dado a los usuarios. El Ministerio de Vivienda ha convertido esta ciudad en una lata de sardinas, pues ha autorizado cambios de zonificación en calles estrechas o barrios congestionados, mientras que el Ministerio de Obras Públicas poco o nada ha hecho para despejar el asfixiante tráfico vehicular.
Los corredores, por otro lado, han sido un éxito, pero también un fracaso, pues no ha habido gobierno que obligue a las concesionarias a brindarles a sus clientes un servicio propio de autopista, sino que los panameños llevamos años pagando por estar en otro odioso tranque. Ahora tenemos una millonaria inversión en semáforos que empeoraron todo. Si hay alguna duda de que somos tercermundistas por convicción, solo habrá que “pasear” en diciembre por la cinta costera, donde nuestra paciencia será verdaderamente puesta a prueba.