La decisión que el Ejecutivo está punto de tomar –la designación de dos abogados que llenen las vacantes que se producirán en la Corte Suprema de Justicia– despejará toda duda sobre el compromiso de cambio genuino del nuevo mandatario. Esta semana se sabrá si Ricardo Martinelli, concluidas las promesas electorales y el discurso fácil, se eleva como estadista con hechos concretos y trascendentales para dar un giro profundo a la forma como sus antecesores en el cargo encontraron la fórmula para adueñarse del Órgano Judicial.Por más de una década, los candidatos a la Presidencia –sin excepción– supieron interpretar el hartazgo ciudadano con el alto tribunal, convertido en certero refugio a la impunidad de las fechorías de los gobernantes.
Los reclamos ciudadanos en medio de las campañas políticas se tradujeron en promesas de dar un giro completo en la forma y calidad de la selección de los regentes del Órgano Judicial.De hecho, Ricardo Martinelli en la contienda electoral se comprometió por escrito a promover “cambios profundos en el método para escoger a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, de manera que las nuevas designaciones sean resultado del escrutinio de la capacidad, profesionalidad y solvencia moral de los candidatos”. Una y otra vez en sus declaraciones nos prometió la designación de juristas honestos e independientes, porque “él no tenía nada que temerle” a una Corte autónoma, capaz de investigar a los malhechores, y que lo investigará “a él mismo” si era el caso.
Luego del legado de lujo que dejó Guillermo Endara al momento de reconstruir el país, la Corte ha sufrido la más vergonzosa caída en cuanto a sus integrantes. A Ernesto Pérez Balladares solo le importó contar con guardaespaldas en toga, incondicionales que le dejaran ejercer el poder sin límites mientras gobernaba, y una garantía absoluta a la deshonestidad cuando abandonara el cargo. Sus caprichos fueron ratificados y el tiempo no ha dejado dudas de la sumisión de los magistrados hacia el amo que los nombró.
Mireya Moscoso fue su mejor discípula. Salvo su primera designación (siendo aún novicia en el cargo, y llamada a llenar una vacante a última hora cuando la Asamblea Nacional le negó la designación del ex presidente Endara, terminó por carambola en la atinada designación de Adán Arnulfo Arjona), la mandataria pronto entendió que sus picardías demandaban incondicionales inescrupulosos por idénticas razones.
La sola mención de las actuaciones de Spadafora, Pereira Burgos, Cigarruista y Salas, nos lleva al más tenebroso nadir al que bajó la Corte.La absoluta desfachatez en los fallos emitidos por esa mayoría de magistrados causó semejante indignación ciudadana, que los candidatos que pedían votos en el año 2004 terminaron introduciendo reformas constitucionales y cambios en el proceso de selección. A pesar de que la militancia política o algún vínculo personal con el mandatario fueron la marca cuando le llegó la hora a Martín Torrijos, al menos los reclamos ciudadanos y el proceso de selección lograron magistrados que –hasta ahora– empiezan a devolvernos la esperanza de que la Corte puede enrumbarse por nuevos caminos.
Presidente Martinelli: no hay designación más trascendental en sus manos que esta. ¿Será la prueba de un cambio genuino que garantice la separación de poderes en su mandato, o el fin de una luna de miel de quienes le han creído –mazo en mano– que su lucha contra la corrupción irá más allá de la persecución a las fechorías cuando son ajenas?La calidad de los candidatos no es otra cosa que el espejo donde se refleja nítidamente el carácter y las intenciones de quien hace la selección.
En esta cita con la verdad, el Presidente y su Gabinete están por demostrarnos si hubo sinceridad en sus promesas de cambio. Está por demostrarse si, por encima del eslogan de campaña, el Ejecutivo resistirá la tentación de seguir una manchada tradición –muy cómoda para los mandatarios, pero funesta para el país– de atrincherar allegados y serviles en la cúspide de la justicia. Esperamos ver el cambio.