El país amanece de luto, luego que el Presidente de la República asesinara ayer una esperanza por un mejor país. Todas las condiciones estaban dadas para que Ricardo Martinelli cumpliera la más pura y contundente de sus promesas: darle un curso distinto a la justicia, aquella que sirve de incubadora de la impunidad que tanto se jactó en combatir. Su promesa de nombrar a los “dos mejores juristas, gente independiente y de trayectoria intachable” no resistió la primera prueba, dejando caer la máscara que esconde su muy peculiar agenda de gobierno.
Como ha demostrado en los nombramientos de control que le han precedido, Martinelli solo designa a sus allegados e incondicionales a dichos puestos, ya que ni cree ni entiende la sana separación de los órganos del Estado. El Presidente y sus ministros nos han dado un golpe bajo; este es un error inexcusable que no solo le costará al país una década adicional en materia de institucionalidad, sino que deja una Corte Suprema de Justicia languideciendo en peores circunstancias de las que la encontró. Y ese daño es imperdonable.