Como presupuesto básico de la democracia y el estado de derecho, la independencia judicial constituye la garantía de la autonomía de los jueces y la administración de una justicia imparcial. Hoy, y tras la decepcionante actuación del presidente, Ricardo Martinelli, y sus ministros en la selección de los dos nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, la independencia judicial –nada menos que en la cúspide del sistema– ha quedado herida.
Gravemente herida. Por ello, y con el dolor y el luto que siente la sociedad decepcionada de un mandatario que decidió olvidar sus promesas, esperamos al menos ver en la Asamblea Nacional, el órgano del Estado que representa la diversidad política y social del país, un proceso riguroso que permita conocer a fondo las ejecutorias –o la falta de ellas– de los dos abogados elegidos para cumplir un papel tan trascendental. Si bien el Presidente cuenta con una sumisa mayoría en la Asamblea, solo hace falta la voz de un diputado o diputada valiente y dispuesto a cumplir con su deber, para que, al menos, conste en las actas de la historia, la decepción y la burla.