El saldo de la llamada ‘Navidad del pueblo’ es vergonzoso. La Alcaldía de Panamá se gastó decenas de miles de dólares en “adornar” la cinta costera para presentarle al pueblo lo que el alcalde llamó la “Navidad más grande del mundo”. En respuesta, las facilidades con que cuenta esta obra vial fueron vandalizadas inexplicablemente por sus propios usuarios y visitantes.
No hay justificación alguna para destruir bienes que están ahí precisamente para su comodidad. Se trata de un pillaje inaudito, hecho por personas sin conciencia, pues es evidente que sus acciones van dirigidas solo a malograr, a impedir que otros los utilizaran. Los panameños nos estamos convirtiendo en personas insanas e inescrupulosas, que destruimos solo por diversión. Tanta insensibilidad revela la profunda falta de valores que nos aqueja, y la creciente indiferencia y desprecio que sentimos por el prójimo.
En otras palabras, la sociedad atraviesa una seria crisis moral que nos conduce a nuestra propia destrucción. Urge recuperar todo lo que hemos perdido, no solo como individuos, sino como colectividad. Si no lo hacemos, nos convertiremos en lo que nos empezamos a parecer: una banda de incivilizados.