El Gobierno ha mostrado una descoordinación supina en temas sensitivos. Parece inverosímil que esta administración tenga que modificar dos veces un decreto –el del salario mínimo– que se aprobó hace solo un mes. Estos cambios evidencian que el Gobierno muchas veces actúa a la ligera, sin medir las consecuencias de sus actos. Y más preocupante es su política errática.
En este caso, si bien es de sabios reconocer el error, el Gobierno también debió admitir que no fue involuntario, como ha pretendido hacernos ver. Involuntario no es emitir un decreto con el único fin de modificar una cifra específica. Es mucho más probable que el “error” haya sido un favor o un cují, pero definitivamente el yerro no tiene nada de “involuntario”.
Queda claro entonces que los funcionarios de hoy –como los del pasado– siguen pensando que los panameños somos unos tontos, incapaces de discernir entre una verdad rotunda, una legítima equivocación y una mentira burda. La coyuntura es propicia para recordarles que cosas como estas le costaron los comicios al PRD. Es por casa, precisamente, por donde empieza el cambio.