Ser político y tener negocios con el Estado es la cosa más natural del mundo en Panamá. De ahí que también sea más natural aún convertirse en millonario, sin más empresa que el espejismo que produce una sociedad anónima. Los ejemplos, desgraciadamente, son abrumadores. Las únicas que no se enteran de lo que ocurre en sus narices son las autoridades, cuya ceguera y sordera es tal que uno no puede menos que desconfiar de ellas.
Las recientes auditorías hechas a los proyectos del Fondo de Inversión Social (FIS) solo irritaron a los que resultaron desenmascarados, pues no hubo autoridad alguna que siquiera pestañeara ante lo que parece ser un atraco a nuestro dinero, pues hay que recordar que es con nuestros impuestos que se celebran estas orgías de corrupción. Ahora, una vez más, sale a relucir otro escándalo –millonario, por supuesto– en el que unos choferes y guardaespaldas prestan sus nombres para encubrir, a cambio de contratos y quién sabe qué, otros favores que involucran –como siempre– nuestros impuestos. Esperamos que las autoridades hagan una excepción y esta vez comiencen a investigar rápida y objetivamente.