Cada intento por modernizar nuestros arcaicos planes de estudios, encuentra en la dirigencia gremial docente un obstáculo insalvable. Cual muro impenetrable, los líderes magisteriales mantienen aislada la educación, y actúan como plagiadores que a cambio de liberarla del secuestro de la que es víctima, exigen un rescate, que no es otro que mantener su statu quo.
Es una vergüenza que una carrera que entraña vocación y el privilegio de formar a nuestras futuras generaciones, sufra el descrédito de quienes afincados en el poder solo les preocupa su propio bienestar. Nuestros más terribles defectos como sociedad han alcanzado a esos que tienen en sus manos liberar a la juventud de ellas.
Pero en vez de esto, la condenan a ser parte de ese creciente grupo de personas sin esperanzas, incapaces de salir de su pobreza, y eso no lo merecen nuestros jóvenes. Ellos hacen el sacrificio de ir a clases todos los días, muchos sin suficiente comida en el estómago o con pocas horas de sueño, otros compartiendo sus horas con trabajo para llevar de comer a sus hogares. Y todo para qué. La mediocridad de unos pocos está consumiendo nuestro más valioso tesoro: la juventud.