La deserción del sistema educativo siempre será una pérdida irreparable para el país. Se convierte en un panameño cuya probabilidad de mejorar su bienestar se vuelve incierta, sin hablar de su crecimiento como persona y su necesario aporte al país.
Cuando esa pérdida es de un estudiante discapacitado, ello es peor. Con tino, el gobierno anterior se preocupó por crear las bases de un sistema que incluyera a estos estudiantes, a quienes, precisamente por el padecimiento de su condición, se les incrementan las dificultades de lograr su bienestar.
Por esto, y ante la triste realidad de la deserción de tantos estudiantes discapacitados, el actual gobierno debe reenfocar el esfuerzo por materializar su inclusión. La educación y la formación profesional de nuestros discapacitados es un problema que nos atañe a todos los panameños. No hacer nada para recuperarlos y cumplir con el elemental deber de educarlos para la vida, no es una opción.