Dos buenas noticias se han producido estos días para la tan abusada ciudad de Panamá: por un lado, el recién creado Viceministerio de Ordenamiento Territorial trabaja con un grupo de urbanistas para intentar deshacer –o al menos impedir que se repitan– los entuertos que han convertido a la capital de la República en una ciudad hostil, inhóspita, gris.
La otra, que empezó la cuenta regresiva para el tantas veces anunciado proyecto de eliminar el cableado aéreo que –junto con la sistemática e impune eliminación de los espacios públicos y las áreas verdes, los cambios de zonificación teñidos de corrupción o el irrespeto por la historia– forma parte de la lista de infamias urbanas que han permitido por años autoridades nacionales y locales.
Hoy, con el proyecto del Metro en el horizonte, hay una nueva oportunidad de abandonar nuestra marcada tendencia a vivir el presente, sin pensar que el mañana llegará con una onerosa factura por lo que hemos hecho, por lo que hemos permitido y por lo que hemos destruido. Se trata de una responsabilidad que no solo tienen las autoridades, sino también los promotores, constructores, arquitectos y ciudadanos en general.