La violencia en las calles carcome nuestra tranquilidad y se convierte en un obstáculo para el inversionista extranjero e, incluso, para el local. Los últimos gobiernos han fracasado estrepitosamente en controlarla, sencillamente porque nunca han resuelto el problema de fondo. Todos se han concentrado en combatir la delincuencia, cuando lo que hay que hacer es prevenirla.
Y eso solo se consigue con una mejor distribución de la riqueza, pero no se logra riqueza sin educación. Y eso es precisamente lo que nos falta, mejorar nuestra educación para romper el círculo de la pobreza. Crear un Ministerio de Seguridad Pública puede ayudar a paliar la creciente delincuencia y violencia callejera, pero un ministerio nuevo –por más línea dura que proyecte su titular– no será suficiente para impedir la multiplicación de la pobreza y sus peligrosas secuelas. Lo irónico de la situación es que son los propios educadores los que obstruyen –con actitudes poco edificantes y con un irracional miedo al futuro– el progreso de nuestra juventud. Así las cosas, un nuevo fracaso está en ciernes si antes no logramos superar nuestras pequeñeces y mezquindades.