La Iglesia católica panameña celebra la entronización de su nuevo arzobispo. El hito que planta la historia de la principal religión del país cobra especial significado al constituir la panameña la sucesora directa de la primera diócesis establecida en Tierra Firme.
Que la renovación del episcopado sirva en estos momentos tan delicados por los que atraviesa la Iglesia católica como aquel aire fresco que con el aggiornamiento de Juan XXIII revitalizó y puso al día a los sucesores de Pedro. Que los imperdonables abusos de algunos sacerdotes en perjuicio de menores de edad, así como el inaceptable encubrimiento de la jerarquía eclesiástica no permitan dejar de lado la entrega honesta de tantos otros, ni nos hagan olvidar la caridad y bondad de legiones de católicos que en Panamá y el mundo entero siguen fieles al mensaje de amor por el prójimo que dejó Cristo.
El trabajo callado que arropa una vocación de servicio por los desposeídos y marginados encuentra en nuestro Istmo el testimonio que dejaron tantas órdenes religiosas y curas diocesanos en la educación de nuestras juventudes, en el cuidado de enfermos, ancianos y huérfanos.