Por momentos pareciera que el destino de Manuel Antonio Noriega, o más bien, el lugar y la forma como terminará saldando sus deudas con la sociedad, no encuentra respuesta fácil donde posarse entre los panameños.
¿Debió ser enviado a Francia o regresar a Panamá? Y de haber vuelto a su país, ¿en calidad de reo condenado en La Joya o beneficiario de las medidas de compasión que el Código Penal otorga a los ancianos delincuentes “para que venga a cuidar a sus nietos” como alegan los suyos? Las últimas administraciones han preferido guardar cómplice silencio para que la “papa caliente” pase a otras manos.
Y mientras el debate jurídico, político e histórico atisba su sino, el insondable brazo de la justicia ha dado –al menos en este caso– una lección magistral. Ni la condena por narcotráfico cumplida ni la edad del ex dictador ni la benevolencia de muchos le han permitido zafarse del castigo por los crímenes que ordenó, por la libertad que nos hurtó, por la democracia que pisoteó, por la corrupción que tuteló, ni por el daño luciferino que causó a su pueblo.