El clientelismo político es un arma potente. Tan poderosa es, que puede movilizar a miles –en este caso de panameños– que solo tratan de hallar un trabajo en el engranaje gubernamental. Y eso lo saben los partidos tradicionales y no tradicionales que, tras ganar una elección abren sus libros, cual redes, para atrapar al marginado. Y es así como un partido nacido con unos pocos miles, se convierte, tras el toque mágico de la victoria, en una enorme mole de miembros, muchos de ellos inmigrantes políticos que buscan su confort personal. La política es para muchos de sus líderes la plaza donde subastan sus fidelidades, el ascensor para alcanzar las cúpulas del poder, es el mercado donde se compran y se venden lealtades. Nuestros partidos políticos lucen pesados y amorfos, sin más rumbo que la improvisación, e ignorando la historia. Olvidan que son los ideales y los principios los que sustentan un partido político a través del tiempo. Decenas de colectivos políticos de nuestra historia reciente y de vieja data yacen ahogados –y amortajados con el olvido– en el fondo de un mar de ambiciones y codicia de hombres que despreciaron el significado de la democracia.
Hoy por Hoy 2010/04/29
29 abr 2010 - 05:00 AM