Los afanes reeleccionistas tocan a las puertas de la Universidad de Panamá. Su rector, lejos de convertir este centro de estudios en un santuario de conocimientos y sabiduría, lo ha transformado en un bastión político con el único y ruin propósito de prolongar su presencia en el poder, de satisfacer sus apetitos personales, de reinar cual faraón. Pero la realidad es que durante su gestión, la calidad de la enseñanza en sus aulas de clases ha disminuido notablemente, los aportes al desarrollo científico son casi nulos, y no hablemos de su contribución al desarrollo nacional, virtualmente inexistente.
Entonces, ¿qué virtud lo hace merecedor de la eternidad como rector? ¿Es que solo él tiene los créditos para ocupar el cargo? Si bien puede que cuente con los votos para conseguir una reforma para legitimar su codicia de poder, sus méritos para reelegirse son cuestionables. Su norte es el despropósito, pues refleja solo su ambición política. ¿Es ese el mejor ejemplo que puede ofrecer a una juventud que se está formando para ser parte de esta sociedad? Es lamentable que la otrora casa de Octavio Méndez Pereira esté por convertirse hoy en la finca de Gustavo García de Paredes.