Así como desde estas páginas defendemos el derecho y la obligación a la participación ciudadana (en aquello que todavía muchos no entienden y que se denomina “sociedad civil”), igual nos preocupa el despeñadero al que están llevando –oposición y gobierno– a los partidos políticos, columna vertebral del sistema democrático.
Mientras que el Ejecutivo –embriagado de un poder que le durará lo que alcance el buen cantar y el vino– pretende tragarse a los pequeños partidos que abanderaron el civilismo detrás de un hueco ideológico enorme y de un triunfo logrado al convergir tantos factores que no volverán a alinearse fácilmente, su aliado más fuerte, el Panameñista, ha dejado por completo su rol complementario de consejero y fiscalizador del poder, tan necesario que se dé desde dentro como desde fuera del poder. La oposición está peor, desparramada y desorientada. El fracaso de las Balbina, los Juan Carlos, los Doens y los Pérez Balladares y sus camarillas, así como su egoísmo, no permiten despejar el ambiente para que surja una nueva generación de valiosos políticos que se hagan cargo de la tan largamente fortalecida y necesaria oposición democrática.