Dados los cuantiosos daños causados por las recientes inundaciones, la amenazante acumulación de basura y la gravísima crisis en el servicio de agua potable, el debate relacionado con la reelección presidencial irrumpió en un momento inoportuno, una coyuntura en que se requiere que la atención de los gobernantes, al más alto nivel, se enfoque en la solución de los problemas que están afectando a la población.
Por tanto, resulta tranquilizador que la discusión se haya acallado, al menos por el momento. Lo que perturba es percatarse de que no fueron estos factores los que llevaron a engavetar la iniciativa, y además darnos cuenta de que jamás se escuchó, o leyó, en las breves horas en que el tema se estuvo ventilando ante la opinión pública, un argumento profundo, a favor o en contra. Nunca hubo una justificación o una descalificación relacionada con los efectos que la reelección tendría sobre nuestra democracia o sobre nuestros planes de desarrollo. Más bien quedó claro que, desde el punto de vista de nuestros políticos, la conveniencia o no de tal figura se reduce al efecto inmediato que esta tendría sobre las sempiternas aspiraciones partidistas, y a la forma como la reelección contrariaría o apuntalaría los planes de preservar o alcanzar el poder. ¡Qué mentes más mezquinas gobiernan, y aspiran a gobernar a Panamá!