Hace solo 47 años los panameños luchábamos por ser dueños de nuestra tierra y de nuestro principal recurso. Fue una lucha dura, larga y, para los vinculados a los hechos de ese triste 9 de enero, muy dolorosa. Afortunadamente, ese dolor alimentó la dignidad nacional, propiciando el inicio del fin de la presencia extranjera en Panamá, completada aquel emocionante 31 de diciembre de 1999.
La sangre de los mártires de enero y la dignidad de los funcionarios que actuaron con honorabilidad frente a la agresión, dio frutos. Hoy, el Canal es manejado completamente por manos panameñas, produciendo una importante cantidad de recursos para beneficio general. Somos, además, completamente dueños de nuestro destino como nación. Pero ese título de propiedad exige responsabilidad.
Hoy, como homenaje a esa muchachada que defendió con hidalguía la bandera nacional aquel 9 de enero de 1964, debemos corregir rumbos y enmendar los errores que mantienen a este país con los lacerantes contrastes que lo caracterizan. Las consecuencias de la falta de institucionalidad –propiciada por el clientelismo político– son cada vez más dramáticas. Trabajar por el bien general es el único homenaje posible a los mártires de enero.