El sistema penitenciario es uno de los testimonios más obscenos de nuestro subdesarrollo y tercermundismo. Varias organizaciones lo han expresado antes y ahora vuelven a hacerlo, pero con mayor alarma. Lo ocurrido en el Centro de Cumplimiento de Menores dejó ver con meridiana claridad el horror que viven jóvenes que supuestamente, tras su condena, deben insertarse en la sociedad.
El Instituto de Criminología de la Universidad de Panamá califica la situación que se vive en nuestras cárceles como la “peor crisis de su historia”. Otros organismos de derechos humanos, incluso, recomiendan el cierre inmediato de instalaciones penitenciarias como la del incendio –cuyo saldo es cinco adolescentes muertos–, porque es incomprensible que alguien pueda vivir –incluso pagando una condena– de forma tan inhumana y humillante. La situación es grave. No ha habido mayor avance desde que en diciembre de 1996 se demolió la cárcel Modelo, solo que ahora las vejaciones a la dignidad de los reos ocurren en celdas diferentes. Los que una vez delinquen están condenados a hacerlo el resto de su vida, pues nuestras cárceles son el caldo de cultivo ideal para reforzar la delincuencia.