En un mundo en el que la información es abundante y asequible, resulta escandaloso el hecho de que aumente el número de afectados por el virus del sida, y más aún que sea nuestra juventud la principal víctima de esta enfermedad.
Como una manera de prevenir el avance de este mal, sería más útil destinar dinero en campañas masivas de concienciación para salvar la vida de nuestros jóvenes, en vez de gastar nuestros impuestos en estériles propagandas sobre las obras realizadas, que no son otra cosa que darse bombos por un trabajo que tienen que hacer los funcionarios, y por el cual –en muchas ocasiones– les pagamos con demasiada generosidad.
Por otro lado, todos debemos ser más conscientes de los riesgos de una vida promiscua: entenderlo también puede salvar vidas, incluidas las de nuestra propia familia. Solo hay que recordar que el sida es una enfermedad de fácil prevención, pero para poder lograr que así sea, es necesario que el Gobierno mantenga constantemente las campañas de prevención.