Manuel Antonio Noriega pretende regresar a Panamá a vivir el resto de su existencia en la comodidad que representa morar en una casa y con la atención que recibirá de su familia, porque no olvidemos que la ley le permite disfrutar de ese lujo. Noriega podrá haber pagado sus delitos en Francia y Estados Unidos, pero en Panamá gozará del privilegio de pagar sus culpas en una cómoda residencia.
No es su amor a la patria o su supuesto deseo de limpiar su nombre de los crímenes por los que fue condenado en Panamá lo que le hace acariciar el sueño de la repatriación. Su ansiado retorno busca repetir la hazaña que con tanta facilidad logró el ex gerente del Banco Nacional de Panamá Rafael Arosemena: esquivar la cárcel y vivir en el lujo, burlando así las condenas en su contra. La fórmula existe y Arosemena y muchos otros –en especial del ramo político– han probado que sí funciona. Entonces, no nos sorprendamos si Noriega pasa de largo por la cárcel y se instala en una hamaca para, como él dice, disfrutar de sus nietos. Para él y la ley eso se llama humanidad. Para sus víctimas, impunidad.