¡Pobre Panamá, siempre entre la montaña y el abismo! Mientras más escalamos hacia el desarrollo, más nos ataja el tercer mundo. Vivimos en un momento que reclama sensatez e ingenio para que el auge económico que estamos disfrutando llegue verdaderamente a los de abajo y podamos así construir un país diferente. Pero el presidente Martinelli está comprometido en convertirse en su peor enemigo. Nos lleva de sobresalto en sobresalto.
Peor aún, la inconsistencia entre lo que dice y lo que hace, lo está llevando a una pérdida de credibilidad que es tan lamentable como peligrosa. Ni el PRD ni los sindicatos ni los periodistas son sus enemigos, señor Presidente: es usted mismo, es la falta de franqueza en su discurso, es la glotonería de funcionarios que entraron ricos y pretenden salir megamillonarios, es la terquedad ignorante y el irrespeto por la forma democrática de vivir, queriendo castigar a todo aquel que se revela ante la arbitrariedad, la que solo admite el aplauso y al bufón, persiguiendo toda crítica y pensamiento independiente. Para los panameños preocupados por la actividad minera en nuestro país, bien sea porque apostamos por una Nación sana y sustentable en otras actividades, o porque sabemos que este país –que escasamente puede garantizarle agua potable a su población– no está en capacidad de supervisar la explotación minera, mucho menos controlar el primer derrame o desastre, el mensaje es franco y directo: no queremos explotación minera o, al menos, no la queremos aún.
El oro y el cobre seguirán allí guardados, como inversión de país, para el día que estemos en capacidad de darle a los panameños garantías de que la explotación de minas sea segura, que su supervisión sea técnica y transparente, y además, beneficiosa para todos y no solo para unos cuantos. Ya llegará el día. Recuerde Presidente, sus promesas de campaña, que no vayan a terminar siendo “calendas griegas”, aquellos ofrecimientos incumplidos nacidos de la demagogia que los entendidos sabían que no iban a cumplirse.