En Panamá, todos hemos sido testigos de los insultos que Ricardo Martinelli –aún candidato– profería a quienes se interponían en sus ambiciones presidenciales. ¿Para no hablar del PRD, recordará Varela lo que tuvo que aguantarse? ¿Y Alberto Vallarino, lo que su jefe ha dicho e insinuado de él? El ministro Mulino no se queda atrás, la única diferencia es que sus insultos a los indígenas y grupos minoritarios los ha hecho tan pronto se le subió el poder a la cabeza.
¿O los improperios que nos regala frecuentemente Alma Cortés? Para ellos, la democracia cobija su derecho a atacar a los demás, pero no el del resto de las personas que quieran criticar, cuestionar y manifestarse en contra de decisiones oficiales.
¡Ministro Mulino, ahórrenos la vergüenza de esta farsa! Gómez Nadal fue deportado por activista y por crítico. Si hubiera aplaudido o ignorara sus actuaciones, tomaría tragos en Palacio o lo invitarían a pasear en helicóptero. Gómez no es el primero que sufre las consecuencias de la borrachera de poder, ni será el último, como bien pueden dar cuenta cada uno de los medios de comunicación independientes que aún quedan en este país.