21 años han pasado desde el día en que Manual Antonio Noriega saliera de Panamá, esposado y cabizbajo, rumbo a la justicia. 21 años en que Panamá ha ido poniendo distancia entre un pasado oscuro y un presente promisorio. Ese pasado, no obstante, se asoma ocasionalmente para recordarnos de dónde venimos y obligarnos a examinar qué tanto hemos avanzado.
El inminente regreso de Noriega es una de esas ocasiones que pondrá a prueba la madurez de nuestras instituciones democráticas. ¿Pasaremos la prueba? ¿Están nuestras autoridades listas para repatriarlo, recibirlo, hacerlo cumplir las penas impuestas? O permitirán que, una vez más, la improvisación o, peor aun, la impunidad nos sumerja en un peligroso, innecesario y desgastante pantano de inestabilidad social y política. El silencio de nuestro gobierno es lo que nos hace dudar.