La historia se repite una y otra vez. El funcionario asume el cargo en medio de promesas relacionadas con un mejor futuro; pero, no bien abre las gavetas del despacho, las energías se consumen en desnudar las fallas de la gestión de quien le antecedió. Viene entonces el largo tránsito por el puesto, tránsito gris, plagado de ires y venires sin consecuencias. Hasta que culmina su gestión y, fuera ya de la nave del Estado, recupera los bríos: vuelve a alzar la voz para denunciar la burocracia, la falta de transparencia o la poca rendición de cuentas. La metamorfosis se da en presidentes, alcaldes, ministros, magistrados y directores de instituciones. ¿Es que acaso no se percatan de que el país espera verlos actuar en el momento en que están dentro, y no oírles llorar cuando ya no tienen arte ni parte en los destinos de la patria? La Defensoría del Pueblo nació para ser un pilar en la defensa de los derechos humanos. Que quien la encabezó hasta hace apenas unos días, elija el momento de su salida para denunciar retrocesos en ese campo, es una insensatez que entra en el guión al que nos referimos.
Hoy por Hoy 2011/04/02
02 abr 2011 - 05:00 AM