Lo que está viviendo España –así como varios otros países del viejo continente– es el reflejo de la creciente insatisfacción y frustración que sufre la ciudadanía por el pobre desempeño de los políticos, sus engaños e indiferencia ante los problemas de su país. Pero los políticos están convencidos de que los ciudadanos son una masa de votos, carente de raciocinio.
¡Qué equivocados están! Nuestros políticos criollos deberían mirarse en ese espejo, pues la indignación que viven los españoles no es muy diferente a la que experimentamos los panameños. La única diferencia es que el movimiento de los indignados ha surgido en medio de una crisis económica que, a su vez, ha precipitado el reclamo ciudadano.
¿Qué pasaría si nuestro crecimiento se desplomara y surgieran problemas con los subsidios, el empleo o la bonanza económica? Seguramente esa indignación crecería exponencialmente. La institucionalidad en panamá ha sido muchas veces pisoteada, como si nadie exigiera rendición de cuentas. Pero el sentimiento de frustración queda y un buen día puede estallar, tal como les estalló en la cara a los políticos españoles.