Para los colombianos, María del Pilar Hurtado no es más que el títere cuyos hilos mueven quienes la trasladaron a Panamá para que guardara silencio luego de destaparse uno de los escándalos políticos más delicados del hermano país. Para los panameños, su presencia es incómoda porque nuestro territorio vuelve a convertirse en aquella vergonzosa guarida que la dictadura ofrecía a los delincuentes y violadores de los derechos humanos que el continente repudiaba.
El asilo otorgado por el presidente Martinelli, además de improcedente, lo delata. Los delitos que se le achacan a la exjefa de los servicios de inteligencia son graves, porque atacan los cimientos mismos del sistema democrático en una horrenda sucesión de escuchas, amenazas y campañas difamatorias en contra de quienes pensaban o se expresaban distinto de la línea oficial. Mientras la justicia colombiana continúa empeñada en conocer la verdad, la señora Hurtado ya se habrá percatado de que su refugio en Panamá está pronto a convertírsele en celda, una celda cuya única llave quizá sea contar la verdad.