El Carnaval es la fiesta popular del adiós a la carne, que precede al comienzo del periodo religioso de la cuaresma. Desfilan reinas, princesas, bufones, diablos y lanzallamas, y no faltan máscaras, comparsas, bailes, bullicio y coplas. Son abundantes el alcohol, el derroche, el exceso, la irresponsabilidad, la inmoralidad y el desenfreno. Si bien su carácter es pagano, la fiesta se centra en figuras alegóricas que tienen su origen en las procesiones religiosas. El efímero jolgorio no pocas veces ocurre a las puertas de los templos católicos. La antropología podrá explicar estos contrasentidos. En un gesto de encantada fascinación por esta manifestación, el escritor europeo Stefan Zweig, en su huida del delirio brutal del nazifascismo, recaló, en pleno Carnaval, en el alegre delirio de Río de Janeiro, que es hoy la capital de la mayor fiesta al aire libre. Y es que los brasileños, especialmente los cariocas, se toman muy en serio este adiós a la carne. Los panameños también. Habría que preguntarse qué cosas guardan en común aquellos pueblos que a lo largo de varios días se entregan por entero a la embriaguez, la alegría y el desenfreno pagano. Se trata del desfogue dionisíaco de una sociedad en precario contrato social con sus estructuras en el resto del año. Cambiaría radicalmente nuestra historia si lo positivo del furor carnestolendo -el entusiasmo, el esfuerzo y la celosa organización- se aplicaran en la construcción cotidiana de nuestro país.
Hoy por Hoy 2002/02/12
12 feb 2002 - 05:00 AM