Dos pistoleros, cuyas edades no superan los veinte años, acallaron en Colombia una voz que se había alzado con firmeza contra el narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares. A quemarropa acribillaron a monseñor Duarte, arzobispo de Cali, en el atrio de la parroquia del Buen Pastor, cuando salía del templo después de haber oficiado misa. Monseñor Duarte se ha convertido en el más alto jerarca eclesiástico que es víctima de una lucha interna en la hermana nación en la que se contabilizan más de 40.000 muertos. Y es el símbolo del desprecio a la vida humana y de la descomposición social que reina en el vecino país. Dentro del grave panorama, se registra un vacío de institucionalidad. La Arquidiócesis de Cali ha denunciado que, horas antes del asesinato, había solicitado a la Policía que reforzase la seguridad personal del prelado de 63 años. Nada se hizo. La cobardía de quienes mandaron a segar su vida contrasta con la valentía y sinceridad que caracterizó al sacerdote, muy comprometido con comunidades pobres y paupérrimas del departamento del Valle del Cauca. Su voz era incómoda para distintos sectores. En vísperas de las recientes elecciones parlamentarias, recomendó a sus feligreses que no votasen por candidatos financiados por el dinero maldito de la droga. Por lo visto, cuando se trata de la violencia en el vecino país, no estamos curados de espanto. La víctima hoy es un arzobispo católico. ¡Pobre Colombia!
Hoy por Hoy 2002/03/18
18 mar 2002 - 05:00 AM