Seguir figurando entre los países más corruptos del mundo es una realidad de la que aún no pueden desprenderse los panameños. La imagen de país corrupto tiene consecuencias adversas de distinto tipo, desde la desconfianza de la ciudadanía en las instituciones republicanas hasta la perpetuación de los niveles de pobreza, pasando por el costo económico que representa la evaluación negativa de los inversionistas. Según el último informe de Transparencia Internacional sobre percepción de la corrupción, Panamá es uno de los países en desarrollo más permeables a la corrupción: en un espectro de 102 países, quedó ubicada en el puesto 67. La posición es peor que la de otros países latinoamericanos como Chile, Uruguay, Costa Rica, México, Brasil, Colombia y El Salvador. Finlandia, una nación de la Unión Europea, está casi libre del flagelo. En el extremo contrario, de la macrocorrupción, está la asiática Bangladesh. En una escala de peor a mejor, de 1 a 10, se sitúa nuestro país en el número tres, lo que corresponde a 0.7 décimos menos que el año pasado. Estamos, cuesta decirlo, al borde del fracaso. Los factores que más contribuyen con este descalabro son los efectos de los bajos salarios en una significativa parte del sector público, la inmunidad -y también impunidad- de determinados funcionarios, así como la falta de transparencia de los actos públicos y las restricciones al acceso de la información, particularmente a los medios de comunicación.
Hoy por Hoy 2002/08/29
29 ago 2002 - 05:00 AM