Hoy por Hoy 2002/09/01

La necesidad de adecentar a la clase política de nuestro país es un tema que no admite discusión. Pero para que ese objetivo se cumpla, es preciso que cada uno de los 71 legisladores que integran la Asamblea Legislativa piense y actúe de modo distinto a como lo ha hecho hasta ahora, lo que implicaría una transformación profunda. Y es que las pretensiones de los legisladores priman hasta tal punto sobre las responsabilidades que el cargo les demanda, que han olvidado, incluso, mantener la independencia de ese órgano del Estado. Resultaría obvio e ingenuo decir que deben ser los modelos por excelencia, pero lo cierto y lo que no puede perderse de vista es que a ninguno de ellos le ha importado nada con el vergonzoso desenlace que ha provocado la designación del presidente de la nueva junta directiva. Si se alentara en ellos una visión que revalorice la importancia de sus funciones, la posibilidad de un cambio profundo y sostenido sería mucho mayor. Este es el perfil del legislador que necesitamos: un político formado en actitudes y valores que sea capaz no solo de crear leyes en el terreno conceptual sino de ponerlas en práctica vivencialmente. Nuestro sistema político requiere coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que los legisladores piensan y lo que son. La comunidad tiene derecho a un cambio. Y a la paz.

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