Según una antiquísima sentencia, los dioses ciegan a quienes quieren perder. Es lo único que explica la resistencia de los políticos a hacer los cambios constitucionales indispensables para salvar su maltrecha imagen y, lo cual es aún más importante, la del régimen democrático mismo. Entre los cambios sugeridos por un grupo de estudiosos, del que forman parte las principales iglesias de Panamá, están los de reformar a fondo la Asamblea Legislativa, el más desacreditado de los tres órganos del Estado, de acuerdo con todas la encuestas de opinión. Urge ponerle coto y aun revertir- el crecimiento malthusiano del número de legisladores, eliminar los suplentes y, sobre todo, restablecer la funcionalidad del cuerpo, reintroduciendo la figura del diputado nacional, no sólo para mejorar su rendimiento, sino para elevar el debate político, actualmente reducido al nivel de una caótica trifulca de vecindario. También hay que eliminar la absurda revocatoria de mandato, o ponerla en manos de los electores. Pero los políticos panameños son seres conservadores, temerosos de cualquier novedad que altere su rutina y los obligue a ser creativos, replanteándose seriamente las cuestiones fundamentales. Prefieren suicidarse colectivamente y matar, de paso, la democracia- como ya lo hicieron en Venezuela, para no ir más lejos.
Hoy por Hoy 2002/11/24
24 nov 2002 - 05:00 AM