Winston Churchill ingresó al Parlamento en 1901 como representante del Partido Conservador. Tres años más tarde se pasó al Partido Liberal, una movida política que revertiría 25 años después, cuando retornó a las filas del conservadurismo, que lo recibió con los brazos abiertos. Un siglo más tarde, un zigzagueo semejante por parte de Alberto Vallarino resulta imperdonable para la clase política, tan indulgente y tolerante en otras circunstancias. La dirigencia arnulfista le cerró a Vallarino las puertas del no tan exclusivo club: primero, aplazó la apertura de los libros de inscripción; luego, pasó una reforma electoral que eliminó la obligatoriedad de las elecciones primarias intrapartidarias. Esta última movida, que contó con el apoyo del PRD, no solo perjudicó a Vallarino, sino a un electorado que apenas parece darse cuenta de que retrocedió un importante escalón en el camino hacia una democracia plena. Con la desistencia del aspirante presidencial, el debate electoral será menos atractivo; los partidos tradicionales podrán volver a sus discursos de barricada; y el país público se volverá a cobijar bajo la sombra de dos muertos cuya herencia histórica es, en el mejor de los casos, cuestionable. La democracia ha perdido y quedamos aún más sometidos a la tradicional aberración de la partidocracia.
Hoy por Hoy 2003/01/10
10 ene 2003 - 05:00 AM